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Sobre medicamentos de prescripción muy frecuentemente usados, y en particular a cuatro apartados terapéuticos (AINES, IBPs, Ansiolíticos y Analgésicos opiáceos), se suscitan los siguientes comentarios.
1. ANTIINFLAMATORIOS
NO ESTEROIDEOS (AINES). Indicados
para el alivio del dolor con componente inflamatorio, reumático y de otro tipo, el uso de AINES (Ibuprofeno, Diclofenaco y otros) es manifiestamente abusivo en nuestro medio. No están exentos de complicaciones, y no sólo gastrointestinales, tan frecuentes; también renales y cardiovasculares, siendo reseñable la hipertensión arterial.
Si sus beneficios no son discutibles cuando se emplean en tandas cortas, su uso continuo hará
aumentar el riesgo de complicaciones. Por ello, convendría alternarlos con
otras medidas para combatir el dolor (físicas y de relajación) y/o analgésicos simples.
2. ANTIULCEROSOS,
en particular INHIBIDORES DE LA
BOMBA DE PROTONES (IBP). Indicados
para la enfermedad ácido péptica (úlcera péptica) pero usados más frecuentemente
como “protectores de estómago” y por ello tan ligados a los AINES, los IBP, cuyo primer representante es el Omeprazol, no son “protectores” de cualquier medicamento, como mucha gente cree. Además, su
uso se ha asociado a reducción de la efectividad de los antitrombóticos, mayor
riesgo de sufrir infecciones de origen bacteriano e incremento de fracturas en
mujeres postmenopáusicas. Por lo tanto, hemos de ser prudentes con los IBP
y emplearlos cuando corresponde: en caso de riesgo de riesgo de gastropatía por AINES y en la enfermedad
ulcerosa péptica.
3. ANSIOLÍTICOS, y
particularmente BENZODIACEPINAS. Son los psicofármacos más usados, junto a
los ANDIDEPRESIVOS, para los trastornos de ansiedad. El uso de ansiolíticos ha crecido enormemente en los últimos años, al emplearse en trastornos de adaptación leves para los que no están
indicados, que sólo precisan de un mínimo apoyo psicológico. Tienen su
riesgo: disminución de reflejos, embotamiento mental,
somnolencia… incluso dependencia y probable demencia en tercera edad, que pueden acarrear malas consecuencias, desde caídas en ancianos
por pérdida del equilibrio hasta accidentes de tráfico por pérdida de la
concentración, pasando por agravación de procesos respiratorios en asmáticos y
bronquíticos crónicos. De ahí la necesaria precaución en el consumo de estos fármacos.
4. ANALGÉSICOS, y
particularmente OPIÁCEOS. Están indicados para aliviar el dolor, agudo y crónico, de
diferente graduación (leve, moderado y grave). Los más potentes analgésicos opioides
(morfina y derivados) estarían justificados en el dolor grave (especialmente oncológico),
equivalente al nivel 3 de la Escala Analgésica de la OMS, y sin embargo comprobamos
habitualmente su uso inadecuado, por defecto o por exceso. Con indicación preferente
en el “dolor oncológico”, asistimos muchas veces a su empleo más allá de las
teóricas indicaciones; suelen ser prescripciones de las Unidades del Dolor, que
en estos casos reciben la cruda crítica de “matar moscas a cañonazos”.

Alguna vez un estudiante nos dijo, sorprendido, que los psiquiatras recetábamos benzodiazepinas como si fuesen caramelos, y es claro que los prescriptores somos los primeros llamados a reflexionar sobre la liberalidad con que indicamos determinados fármacos...
ResponderEliminarGracias por recordárnoslo, amigo José Manuel.
Te agradezco especialmente este comentario, amigo Lizardo. Es importantísimo minimizar la iatrogenia farmacológica.
EliminarSaludos cordiales.